
El origen universal del resentimiento radica en las siguientes acciones:
- Cuando los demás tratan de decirnos qué hacer, cómo llevar nuestras vidas, lo que necesitamos, lo que ellos piensan que es lo mejor para nosotros.
- Cuando los demás nos dicen lo que piensan que debemos de hacer, cómo piensan que debemos de sentirnos, cómo piensan que debemos de actuar.
- Cuando los demás nos privan de nuestras necesidades.
- Cuando vemos a aquellos que tienen el poder abusando de éste y lastimando a otros que tienen menos poder.
- Cuando nos sentimos falsamente acusados, juzgados, juzgados de antemano, discriminados, etiquetados, ignorados, atacados, perseguidos, subestimados, invalidados.
- Cuando nos sentimos engañados por otros.
Las causas anteriores nos caracterizan tácitamente el devenir del sistema actual y logran evocar las palabras de J.P. Proudhon dirigidas al sujeto gobernado: “Ser gobernado es ser mandado, legislado, censurado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, explotado, tarifado, reprimido, juzgado, condenado por seres que no tienen ni título, ni ciencia, ni virtud”.
Usted concluirá que no es complejo determinar el germen de nuestra desgracia y que, por lo tanto, no es difícil inferir la solución del problema. Somos agentes transformadores, acostumbrados al desaire de aquellos que niegan toda injusticia, toda violencia cotidiana ejercida por el poder en cualquier lugar del mundo y que se atreven a descalificar a quienes estamos convencidos que el resentimiento es un motor poderosísimo de la existencia, un trampolín desde el que gran parte de la humanidad ha saltado alguna vez hacia objetivos notables. De esta forma, lógica, podemos vincular intrínsecamente nuestro “resentimiento” a nuestra acción política. También para nosotros el resentimiento es la consecuencia de la lucha entre clases oprimidas y clases opresoras.
unos resentidos, verano en Santiago.